“
Existe un límite marcado por la “propia carne”. No puedes compartir realmente la debilidad de otra persona, ni su miedo, ni su dolor. Lo que sientes tal vez sea erróneo. Probablemente podría ser tan erróneo como lo que sentía el otro, y sin embargo desconfiaríamos de quien nos advirtiera que era así. De todas maneras seguiría siendo bastante diferente, en todo caso. Cuando hablo de miedo me refiero al miedo puramente animal, al rechazo del organismo frente a su destrucción, a un sentimiento sofocante, a la sensación de ser un ratón atrapado en una ratonera. Esto no puede transferirse a otro. La mente es capaz de solidarizarse con ello; el cuerpo menos. En cierto sentido, los cuerpos de los amantes son menos capaces todavía. Todos sus episodios de amor los han arrastrado a tener no idénticos, sino complementarios, correlativos y hasta opuestos sentimientos de cada uno con relación al otro.
La confusión y el trastorno se me vienen encima. Tengo una cadavérica sensación de irrealidad, de estar hablando al vacío sobre una entelequia.
Las razones de la diferencia están muy claras. Nunca sabe uno hasta qué punto cree en algo, mientras su verdad o su falsedad no se convierten en un asunto de vida o muerte. Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio. Lo primero que descubrirás es que confiabas demasiado en ella.
Y la pena se sigue sintiendo como miedo. Aunque tal vez fuera más exacto decir que como un “suspense”. O como una expectativa; eso es. Es como estar colgado a la espera de algo que va a pasar. Esto confiere a la vida una sensación permanente de provisionalidad. Parece como si no valiera la pena empezar nada. No soy capaz de encontrar asiento, ando azogado y nervioso, bostezo, fumo muchísimo. Antes nunca llegaba a tiempo para nada. Ahora no hay nada más que tiempo. Tiempo en estado casi puro, una vacía continuidad.
Como en esos sueños en que no ocurre nada terrible, ni siquiera que parezca digno de mención al contarlos a la hora del desayuno, y sin embargo la atmósfera y el sabor del conjunto son mortíferos. Pues igual. Veo moverse las hojas de un álamo por la ventana y durante unos instantes no entiendo por qué precisamente ellas pueden resultar deprimentes, mas tarde amarillearán y me resultará nostálgico. Oigo jugar a niños en el jardín y una cierta alegría que antes tenían sus voces ahora resultan molestas. ¿Qué pasa con el mundo para que se haya vuelto tan chato, tan mezquino, para que parezca tan gastado? Y entonces caigo en la cuenta.
Ésta es una de las cosas que más miedo me dan. Las agonías, los momentos nocturnos de locura, siguiendo un curso natural, tendrán que acabar por desvanecerse. Pero ¿y qué viene luego? ¿Nada más que esta apatía, esta mortal insulsez? ¿Llegará un día en que deje de chocarme que el mundo me parezca una calle tan estrecha, por haber llegado a aceptar la sordidez como cosa normal? ¿Es que la pena acaba por desleírse en aburrimiento matizado por una ligera náusea?
¿Qué más da el proceso que lleve mi pena ni lo que haga con ella? ¿Qué más da mi manera de recordar o incluso que recuerde o no? Ninguna de estas alternativas servirá para dulcificar o agravar las angustias que pasó ella.
Lola - Pena, penita, pena.
Las cosas que se me ocurren, y no quiero meterme en jardines... pero puedo responder comentarios.
Espero que sea un sitio de curiosidades y un entretenimiento. Pero con ese punto desconcertante metafísicamente hablando. Y yo sigo en miNube.es.
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miércoles, 27 de julio de 2011
Un dolor (II)
Me desespera pensar en el tiempo pasado esperando las cosas, es lo peor que puede pasar, tener que estar pensando y esperar a que llegue la hora, así no te enteras y pasa la vida volando, las ilusiones se esfuman en ese tiempo, pierdes la confianza en el futuro, los planes se prolongan indefinidamente. Esa ansiedad provoca la angustia, la propia desesperación.
Hago ejercicio y corro como si pudiese escapar y dejar algo atrás, hasta se confunden las gotas de sudor que caen por mi cara con las lágrimas que no puedo retener; corro hasta la extenuación por si puede servir de desahogo físico para eliminar la tensión muscular de tanto retorcimiento, aunque nunca podré comprobar si sirvió para algo más. Después en la ducha de nuevo sollozos, mi alma se sigue estrujando, y más lágrimas se mezclan con el agua cayendo más raudas como para quitarle importancia. Y así cada día. Y aun así paso noches sin poder dormir nada hasta después de bien amanecido un nuevo día.
El único remedio que se me ocurre, algo radical pero no definitivo, es borrar los últimos años de mi memoria, no sé cómo pero si hubiese una especie de electroshock… pero lo malo es que no quiero, cómo iba a querer borrar mi mejor año de mi vida. No se puede olvidar a quien se ama todavía.
No puedo dejar de pensar en ella, cada rincón de la casa, cada vez que abro una puerta de una habitación, un armario, la despensa, el frigorífico o el congelador, me encuentro con las cosas que me hacen recordarla, encima de una mesa, o incluso cosas que sin verlas se que están ahí, eso además de todo lo que pienso, leo, oigo y digo; imagino hablo con ella todo; todo me hace recordarla, igual que antes, pero antes era ilusión y alegría, planes e intenciones, y ahora por el contrario, todo hecho añicos, desesperación, desilusión, frustración, impotencia y mucho pesar. Me vuelvo loco. La pena me ahoga. Me tengo miedo.
Gramatiko - dolor de amor
Hago ejercicio y corro como si pudiese escapar y dejar algo atrás, hasta se confunden las gotas de sudor que caen por mi cara con las lágrimas que no puedo retener; corro hasta la extenuación por si puede servir de desahogo físico para eliminar la tensión muscular de tanto retorcimiento, aunque nunca podré comprobar si sirvió para algo más. Después en la ducha de nuevo sollozos, mi alma se sigue estrujando, y más lágrimas se mezclan con el agua cayendo más raudas como para quitarle importancia. Y así cada día. Y aun así paso noches sin poder dormir nada hasta después de bien amanecido un nuevo día.
El único remedio que se me ocurre, algo radical pero no definitivo, es borrar los últimos años de mi memoria, no sé cómo pero si hubiese una especie de electroshock… pero lo malo es que no quiero, cómo iba a querer borrar mi mejor año de mi vida. No se puede olvidar a quien se ama todavía.
No puedo dejar de pensar en ella, cada rincón de la casa, cada vez que abro una puerta de una habitación, un armario, la despensa, el frigorífico o el congelador, me encuentro con las cosas que me hacen recordarla, encima de una mesa, o incluso cosas que sin verlas se que están ahí, eso además de todo lo que pienso, leo, oigo y digo; imagino hablo con ella todo; todo me hace recordarla, igual que antes, pero antes era ilusión y alegría, planes e intenciones, y ahora por el contrario, todo hecho añicos, desesperación, desilusión, frustración, impotencia y mucho pesar. Me vuelvo loco. La pena me ahoga. Me tengo miedo.
Gramatiko - dolor de amor
martes, 26 de julio de 2011
Un dolor (I)
Es como estar con una resaca impresionante: malestar con nauseas y ganas de devolver, como un vacio en el estómago por el ayuno, pero cuando como, sin ninguna gana, temo que no va a durar demasiado dentro, una nausea continua. Sudores, escalofríos y flojera en las rodillas y gemelos, con dolor de cansancio, las piernas tiemblan como si no me fuesen a sostener y pienso que me voy a desplomar. Como un ligero estado febril de un simple resfriado. Pero la cabeza, es como salir sin una descompresión apropiada del agua profunda, a veces el vacío y en otras resuenan como murmullos de conversaciones memorizadas, intentos de recordar detalles de cosas que sólo me llegan en remolino de un huracán, sin claridad, con mucha bruma, igual que al intentar recordar un sueño; recuerdos que se escurren como agua entre las manos.
Noto que he pasado tanto tiempo con la sensación de no haber dormido, o haberlo hecho por poco tiempo, descansado muy poco; me encuentro sin fuerzas, somnoliento pero que no podría dormir aunque lo intentase sin apoyo farmacológico, y no lo hago. Sólo lo consigo tras un largo día que se hace agotador, trasnochando con una tele encendida a la que ni presto atención, y tras recitar un largo mantra o similar, al estilo de contar esos corderitos, para dejar la mente en blanco.
Lágrimas forzadas por el deseo de echar fuera ese dolor y angustia. Gemidos de gatito de poca edad que apenas oyes (cada uno llora como puede), parece que más bien el sonido sale por los propios oídos, o incluso por los ojos en ese esfuerzo congestionado, apretando la boca, los labios como para hacer una pedorreta, y los dientes para que no tiemble la mandíbula y rechinen, aunque sin poder impedir esos tics nerviosos del labio superior y los párpados, y no dejando salir el aire por la nariz, ese ya no respiro más o al menos no voy a hiperventilar, de esta forma no cae el moco, y también a veces, y todo sale por los lacrimales en los ojos que parece saltarán de sus cuencas. Esa sensación de que la angustia puede tener sólo este desahogo; y ese hablarse uno a sí mismo diciendo no lo puedo remediar, no quiero, quizá sea mejor echarlo de esta forma; pero tampoco sé por qué tengo que encontrarme así, sentir lo que siento, sufrir este dolor que debe venir del alma, cerca del corazón, en las tripas, la boca del estómago que presiona el diafragma y no deja respirar si no es con aliento entrecortado y convulsivo entre los sollozos a moco tendido. Ansiedad, angustia, desazón y mucho llanto. Me ahogo.
Una nausea permanente que puede terminar en úlcera o problemas biliares; una locura que sí puede hacer perder los recuerdos de la memoria junto a la razón. Debe ser parecido el miedo a morir, morir de amor, cuántas veces habré oído esa frase hecha.
Te ves en el espejo y no te reconoces con esas ojeras y mal color, como si acabases de devolver, pero todo eso sigue aun ahí adentro, pareces un zombi con esa cara; todo esa sangre que congestionaba el rostro y acumulaba en los ojos cuando antes lloraba, ahora desaparece y queda en contraste en blanco como el rostro maquillado con harina de arroz de las actrices de teatro chino.
Y así día tras día, pensando si esto no terminará, esperando se solucione, y si es así, si no volverá a repetirse más. Pero estos tragos, pocas veces, pero se repiten.
Noto que he pasado tanto tiempo con la sensación de no haber dormido, o haberlo hecho por poco tiempo, descansado muy poco; me encuentro sin fuerzas, somnoliento pero que no podría dormir aunque lo intentase sin apoyo farmacológico, y no lo hago. Sólo lo consigo tras un largo día que se hace agotador, trasnochando con una tele encendida a la que ni presto atención, y tras recitar un largo mantra o similar, al estilo de contar esos corderitos, para dejar la mente en blanco.
Lágrimas forzadas por el deseo de echar fuera ese dolor y angustia. Gemidos de gatito de poca edad que apenas oyes (cada uno llora como puede), parece que más bien el sonido sale por los propios oídos, o incluso por los ojos en ese esfuerzo congestionado, apretando la boca, los labios como para hacer una pedorreta, y los dientes para que no tiemble la mandíbula y rechinen, aunque sin poder impedir esos tics nerviosos del labio superior y los párpados, y no dejando salir el aire por la nariz, ese ya no respiro más o al menos no voy a hiperventilar, de esta forma no cae el moco, y también a veces, y todo sale por los lacrimales en los ojos que parece saltarán de sus cuencas. Esa sensación de que la angustia puede tener sólo este desahogo; y ese hablarse uno a sí mismo diciendo no lo puedo remediar, no quiero, quizá sea mejor echarlo de esta forma; pero tampoco sé por qué tengo que encontrarme así, sentir lo que siento, sufrir este dolor que debe venir del alma, cerca del corazón, en las tripas, la boca del estómago que presiona el diafragma y no deja respirar si no es con aliento entrecortado y convulsivo entre los sollozos a moco tendido. Ansiedad, angustia, desazón y mucho llanto. Me ahogo.
Una nausea permanente que puede terminar en úlcera o problemas biliares; una locura que sí puede hacer perder los recuerdos de la memoria junto a la razón. Debe ser parecido el miedo a morir, morir de amor, cuántas veces habré oído esa frase hecha.
Te ves en el espejo y no te reconoces con esas ojeras y mal color, como si acabases de devolver, pero todo eso sigue aun ahí adentro, pareces un zombi con esa cara; todo esa sangre que congestionaba el rostro y acumulaba en los ojos cuando antes lloraba, ahora desaparece y queda en contraste en blanco como el rostro maquillado con harina de arroz de las actrices de teatro chino.
Y así día tras día, pensando si esto no terminará, esperando se solucione, y si es así, si no volverá a repetirse más. Pero estos tragos, pocas veces, pero se repiten.
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