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sábado, 2 de agosto de 2014

VIVIR

Vivir, estar vivo, o más bien no encontrarse abierto a la muerte es no estar en la situación en que esa pregunta resulta inminente.

Para decirlo más claro: se vive siempre sin razón; y vivir es eso, es vivir sin-razón, por nada, a merced del tiempo.

Es la no-razón, una verdadera locura, si lo pensamos. Pero no lo pensamos.

En cuanto algo del «pensamiento», de la «razón», se introduce en las cercanías de la vida, hay motivos para volverse loca. (H.C.)

viernes, 25 de julio de 2014

FELICIDAD

FELICIDAD
 
Ya metí 3 entradas sobre el dolor hace unos años, así que para no repetirme ahora quiero hablar sobre la ausencia de ese dolor que nos acompaña de por vida, los problemas de todo tipo, y que, en su ausencia u olvido, otras veces hace que nos sintamos algo así como felices, pasivamente inconscientes. La alegría, satisfacción, y otras emociones que activan esas neuronas y generan algunas sustancias, nos hacen felices, y a veces no es ausencia de problemas o dolor porque con todo simultaneamente convivimos, es la vida.
 
Desde que nacemos es con dolor, casi siempre con llantos nuestra primera voz de queja, no sé si cientificamente es por dolor físico, miedo o inseguridad, pero para la madre seguro que es dolor físico, aunque como decia antes, junto a una inmensa felicidad del momento.
 
Después llegan los retorcijones hasta que se acostumbran nuestras tripas a ese tipo de alimentación materna. Y entre toma y toma felices sueños, y luego lloros de nuevo, ¿comunicación o es ya vicio?
 
Pronto se empieza a disfrutar del cariño, la compañia o amparo, salen las primeras sonrisas, no sé si alguien hizo el experimento para conocer si es innato o por imitación, porque por imitación se aprende a hablar pero menos mal que los niños no hablan con esa ñoñería ni ponen esas caras y gestos que se les hace cuando son bebés.
 
Después de las tripas, rertorcijones y hambre también podíamos decir, llegan los dolores con la salida de los dientes, y por otra parte eso de no salirse con la suya siempre, desencanto o desilusión con sus berrinches de mimo consentido, Ya comienza la lucha psicológica,  el chantaje emocional, la conciencia del yo, y del otro, con poca empatía digamos, jeje.
 
De lo que llamamos sentimientos y psicologia  o razonamiento, se extiende a todo lo de la lucha social, convivencia, los amigos y enemigos en la guardería o las visitas. Los mordiscos, empujones o tirones de lo que se quiere uno apropiar por la fuerza o te quieren arrebatar de esta forma. Ahí ya hay sentimientos o algo parecido, sentimiento de pesar, de impotencia y todas esas cosas que a fin de cuentas son dolor, dolor del que si no sabemos asimilaelo emborrona cualquier atisbo de lo que pueda llamarse o parecerse a la felicidad, en ese momento.
 
Después, el romanticismo, eso que dicen es amor y que duele tanto, esa rosa con espinas y bla bla bla. Sí, es sufrimiento, el dolor es real, duele por dentro. No me extiendo.

El dolor nos acompaña en toda nuestra vida, tanto es así que a veces pensamos que de esta forma sabemos que estamos vivos, o que estamos vivos para contarlo. Pero no necesitamos pellizcarnos para saber que estamos despiertos, eso sería un momento de mucha felicidad.
 
A veces cuando se calma un dolor estamos a gusto pero no lo vivimos como un momento de felicidad, es como cuando olvidamos los problemas o sucesos con el tiempo, o miramos para otro lado que es más grave... la ignorancia no exime de la culpa, esto nunca lo sentimos como vida feliz, el quitarse o alejarse de lo que pueda doler no da felicidad ni siquiera sensación de paz o sosiego, sólo satisface a la razón, por eso de porque yo no soy tonto, y yo me quiero más. Se suele relacionar la bondad con esto de ser tonto, tonto de bueno. Pero se puede ser bondadoso y sensible sin que eso tenga nada que ver con el resto de cosas de una vida, problemas y sufrimiento.
 
Luego llegan los dolores junto a la felicidad de una madre, padres, abuelos y familia completa, tal como había comenzado. Responsabilidad, superprotección, educación... desvelos y quebraderos de cabeza con todo lo que es una vida, sin más. Con sus momentos felices, o tranquilos,  claro, no todo va a ser malos ratos. Muchas satisfaciones y el tiempo va rodando. Y gracias a que nuestra cabecita intenta sólo quedarse con esos momentos buenos porque si no...
 
¿Por qué todo ha de ser con dolor? ¿Por qué eso de que si no es de esta forma no merecen la pena las cosas? ¿Necesitamos ese contraste para saber la diferencia y apreciar lo poco bueno que podemos conseguir, y sólo a veces? ¿O es que somos masocas?
 
Con la edad avanzada, llegan los sentimientos de abandono como lo que se temía de bebé, y la soledad el enemigo que se temió en la juventud.
 
Todo es dolor hasta el final. El miedo, la impotencia, tantas preguntas sin respuesta y cosas sin terminar o realizar, el sentimiento de no ser ya necesarios. El adiós y despedida hasta nunca.
 
¿Pero por qué el dolor tiene que ser como una remisión? o es más, ¿por qué tiene que ser como el pago de alguna culpa? Si la vida es un aprendizaje para vivir la misma, ¿por qué no es más frecuente el premio que el castigo? a fin de cuentas tanto vale uno como el otro para conseguir lo mismo, ¿no será que en ese intento de olvidar las cosas malas no se produce el efecto deseado? pues mejor sería entonces muchas más cosas buenas como reafirmación que nunca se olvida y puede ayuadarnos más, pero muchas de esas cosas conseguidas es a costa de los demás, entonces no cuentan.
 
Pero sin meterme en los jardines, o atrios, de la religión, el pensamiento ya no sólo de una edad media con los cristianos en occidente, si no ya antes, como origen, con un Séneca con la misma mentalidad de resignación y consuelo de la vida en este valle de lágrimas, no hay alivio al final.
 
Pues no, hay que tirar pa'lante y morir con las botas puestas pensando que no hay otra vida que esta y tenemos que perseguir la siempre utópica.


 

viernes, 18 de abril de 2014

Ese fue tal vez el único misterio (cont.)

Ese fue ... (hasta el final)

Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.

-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.

Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó por el corredor de las begonias donde Aureliano José cantaba que tres y tres son seis y seis y tres son nueve, y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por la calle, y dobló luego a la derecha y después a la izquierda hasta la calle de los Turcos, sin recordar que todavía llevaba puestos el delantal de hornear y las babuchas caseras, y salió a la plaza y se metió por la puerta de una casa donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y casi se ahogó con el olor a pólvora quemada, y encontró...

y encontró a José Arcadio tirado boca abajo en el suelo sobre las polainas que se acababa de quitar, y vio el cabo original del hilo de sangre que ya había dejado de fluir de su oído derecho. No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni pudieron localizar el arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver. Primero lo lavaron tres veces con jabón y estropajo, después lo frotaron con sal y vinagre, luego con ceniza y limón, y por último lo metieron en un tonel de lejía y lo dejaron reposar seis horas. Tanto lo restregaron que los arabescos del tatuaje empezaban a decolorarse. Cuando concibieron el recurso desesperado de sazonarlo con pimienta y comino y hojas de laurel y hervirlo un día entero a fuego lento ya había empezado a descomponerse y tuvieron que enterrarlo a las volandas. Lo encerraron herméticamente en un ataúd especial de dos metros y treinta centímetros de largo y un metro y diez centímetros de ancho, reforzado por dentro con planchas de hierro y atornillado con pernos de acero, y aun así se percibía el olor en las calles por donde pasó el entierro. El padre Nicanor, con el hígado hinchado y tenso como un tambor, le echó la bendición desde la cama. Aunque en los meses siguientes reforzaron la tumba con muros superpuestos y echaron entre ellos ceniza apelmazada, aserrín y cal viva, el cementerio siguió oliendo a pólvora hasta muchos años después, cuando los ingenieros de la compañía bananera recubrieron la sepultura con una coraza de hormigón. Tan pronto como sacaron el cadáver, Rebeca cerró las puertas de su casa y se enterró en vida, cubierta con una gruesa costra de desdén que ninguna tentación terrenal consiguió romper. Salió a la calle en una ocasión, ya muy vieja, con unos zapatos color de plata antigua y un sombrero de flores minúsculas, por la época en que pasó por el pueblo el Judío Errante y provocó un calor tan intenso que los pájaros rompían las alambreras de las ventanas para morir en los dormitorios. La última vez que alguien la vio con vida fue cuando mató de un tiro certero a un ladrón que trató de forzar la puerta de su casa. Salvo Argénida, su criada y confidente, nadie volvió a tener contacto con ella desde entonces. En un tiempo se supo que escribía cartas al Obispo, a quien consideraba como su primo hermano, pero nunca se dijo que hubiera recibido respuesta. El pueblo la olvidó.


behera
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